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Que un chico le cree más a TikTok que a vos no es un capricho de la edad ni una
falta de respeto. Es el resultado previsible de cómo funciona la información hoy.
Todo lo que está en los otros artículos de esta serie asume algo: que el chico puede
decidir. Decidir qué hacer con su tiempo, decidir cuándo parar, decidir qué le
conviene. Este artículo es sobre la condición previa, la que hace que lo demás sirva o no sirva:
que pueda decidir qué es verdad.
Y no es una preocupación abstracta. Es una habilidad concreta, medible y enseñable. Hay
gente que la tiene entrenada y gente que no, y la diferencia entre unos y otros no es la
inteligencia: es una costumbre.
El experimento de los verificadores
Un grupo de investigadores puso a 45 personas frente a las mismas páginas de
internet y les pidió que decidieran en cuáles confiar. Los 45 no eran cualquiera:
10 historiadores con doctorado, 10 verificadores de datos
profesionales —los que trabajan chequeando información para medios— y
25 estudiantes de una universidad de primer nivel.
[1]
La hipótesis razonable era que los historiadores, entrenados toda la vida en evaluar fuentes,
iban a arrasar. Y que los verificadores, que hacen eso a diario, también iban a andar bien.
Ganaron los verificadores, solos. Y no ganaron por saber más: ganaron por hacer
algo distinto, que casi nadie hace.
Leer en vertical o en lateral
Los historiadores y los estudiantes hacían lo mismo: leer en vertical. Se
quedaban dentro de la página y la evaluaban desde adentro —si el diseño parecía serio, si el
logo estaba bien puesto, si el dominio terminaba en lo que tenía que terminar.
Y el problema es obvio cuando lo ves escrito: todo eso se falsifica en minutos.
Un logo se copia. Un nombre de dominio parecido se compra. Una página con aspecto profesional se
arma en una tarde. Los participantes más instruidos del estudio —gente con doctorado— estaban
evaluando exactamente las cosas que un estafador controla.
Los verificadores hacían lo contrario: leían en lateral. Abrían la página,
miraban un segundo y se iban. Abrían otra pestaña y buscaban qué decía el resto
de internet sobre esa fuente. El trabajo lo decía en el título, que es la mejor forma de
resumirlo: leer menos y aprender más.
| Pregunta | Lectura vertical (lo que hacen los chicos) | Lectura lateral (lo que hacen los verificadores) |
|---|---|---|
| ¿Quién lo dice? | Lo que la página dice de sí misma. | Qué dicen otros sobre esa página. |
| ¿Es confiable? | Si el diseño lo parece. | Si sobrevive al contraste con otras fuentes. |
| ¿Cuánto mira? | Mucho. Se queda leyendo el contenido. | Poco. Un vistazo y se va a verificar. |
| Costo | Alto. Y termina creyéndole. | Bajo. Y termina sabiendo. |
Fijate lo que esto significa para la conversación en casa. Cuando un padre le dice a su hijo
“eso que viste es mentira”, le está dando el resultado. El chico no aprende nada, y la
próxima vez está igual. Lo que sirve es darle el método: que busque qué dicen
otros sobre lo que le llegó, antes de creerle.
El efecto Google
El segundo problema es más silencioso, y no es de los chicos: es de todos.
Cuatro experimentos publicados en Science encontraron lo siguiente: cuando las personas
esperan tener acceso futuro a la información, recuerdan menos la
información en sí y más dónde encontrarla. El internet funciona como
una memoria externa, y la cabeza se acomoda a eso.
[2]
No es necesariamente malo: es eficiente. El problema es qué pasa cuando ese recuerdo externo
te dice algo falso. Si no recordás el dato sino de dónde lo sacaste, y de dónde
lo sacaste es un video de quince segundos, entonces tu recuerdo del mundo lo escribió alguien
que no conocés.
La IA y el sesgo de automatización
Y después llegó la parte nueva. Cuando le preguntás a una inteligencia artificial, la respuesta
viene con un tono que ninguna otra fuente tiene: segura. Sin dudar, sin
aclarar de dónde lo sacó, sin decir “no estoy seguro”. Y esa seguridad es exactamente lo que la
hace creíble.
Esto tiene un nombre viejo, y no nació con la IA: se llama sesgo de automatización,
y es la tendencia a confiar de más en lo que recomienda un sistema automático.
Se estudió primero en aviación —pilotos que siguieron al instrumento en vez de a su propio
juicio sobre lo que veían— y hoy hay revisiones enteras sobre cómo aparece cuando la máquina es
una IA. [3]
Lo que hace grave al sesgo de automatización no es que la máquina se equivoque. Es que
el error se vuelve invisible: la persona deja de revisar, y entonces la
equivocación de la máquina pasa a ser su propia conclusión. Y cuando eso le pasa a alguien que
todavía no tiene criterio propio formado, no está usando una herramienta: está tercerizando
el juicio.
La diferencia entre un chico que usa una IA y uno que le cree a una IA es la misma que entre
alguien que usa un cuchillo y alguien que se corta: no depende del cuchillo.
Depende de si alguien le enseñó que la respuesta hay que revisarla.
Por qué le cree a la pantalla y no a sus ojos
Acá está lo que más me impresionó cuando lo pensé, y no hace falta ningún estudio nuevo para
verlo: es la consecuencia de los tres anteriores puesta junta.
Si evaluás las fuentes por su aspecto (vertical), y no recordás los datos sino dónde estaban
(efecto Google), y encima confiás más en el sistema que en tu propio juicio (sesgo de
automatización), entonces el resultado es exactamente este: alguien que ve con
sus propios ojos que las cosas son de una manera, lo escucha dicho de otra en el teléfono, y
le cree más a la pantalla que a sus propios ojos.
No es que sea tonto. Es que le enseñaron a confiar en la fuente equivocada, y le falta la
costumbre de chequear. Y eso tiene una consecuencia que va mucho más allá de las redes sociales:
es la misma habilidad que lo protege de una estafa. El engaño financiero, la
estafa telefónica, el mensaje que dice que ganaste un premio, la publicidad que promete lo que no
puede: todo eso funciona con la misma persona y por la misma razón.
Y hay una parte política que conviene decir sin vueltas, porque es real: a un ciudadano que no
verifica se le puede hacer creer cualquier cosa sobre su propio país, incluso lo contrario de lo
que tiene delante. No es una teoría: es la consecuencia mecánica de las tres cosas anteriores
juntas. Un país de gente que no chequea es un país fácil de gobernar por relato.
| Lo que está documentado | Qué significa en casa |
|---|---|
| Los chicos evalúan las páginas por su aspecto; los verificadores, por su origen. | Enseñarle a preguntar qué dicen otros, no a juzgar la página por dentro. |
| Recordamos dónde estaba el dato más que el dato. | Que el recuerdo no alcance: volver a la fuente antes de afirmar. |
| Confiamos de más en el sistema automático, incluso viéndolo fallar. | Revisar siempre, sobre todo lo que suena más seguro. |
Cómo se enseña esto en casa
Todo lo de arriba suena grande, pero se enseña con cosas chicas, y sobre todo
haciéndolo delante del chico. No hay currículum que reemplace ver a un adulto
dudar en voz alta.
- Dudá en voz alta. Cuando algo te llega por el teléfono y no sabés si es
cierto, decilo: “esto no sé si es verdad, dejame ver”. Y buscá delante de él. Ese
momento enseña más que diez charlas. - Preguntá “¿quién lo dice?” antes de “¿es cierto?”. La pregunta correcta no
es si lo que viste es verdad, es de dónde salió. - Buscá el origen, no la confirmación. Si lo que buscás es “por qué las
pantallas son malas”, vas a encontrar lo que buscás, aunque sea malo. Si buscás
“¿qué dicen los estudios sobre las pantallas?”, te vas a encontrar con que el tema es
más complicado —como en el
artículo anterior de esta serie—. - Cuando se equivoque, no lo trates como un error. Que te diga “esto me
llegó”, que lo miren juntos, que descubra que era falso. Si cada chequeo terminara en
reto, lo va a dejar de contar. - A la IA, pedile de dónde. No hace falta prohibirla: hace falta que la use
con la misma desconfianza con la que usaría a alguien que dice saberlo todo. La pregunta
“¿y cómo sabés eso?” sirve para las tres cosas: la IA, el influencer y el político.
Y la parte más incómoda de escribir: esto no se sostiene con una regla. No hay
control parental que enseñe a chequear. Es una costumbre que se contagia, no una configuración
que se activa. Y se contagia de la misma manera que
todo lo demás de esta serie: con el
ejemplo, que es lento y no tiene atajos.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad se puede empezar a enseñar esto?
Antes de lo que la gente cree. La versión corta —”¿y quién te dijo eso?”— se puede usar desde los
cuatro o cinco años. La versión completa, con búsqueda lateral, funciona desde que el chico sabe
buscar solo, alrededor de los ocho o nueve.
Mi hijo me dice que “es lo que dice internet”. ¿Cómo le contesto?
Sin discutirle el dato y discutiéndole la fuente. “Puede ser. ¿Y quién lo dice en
internet?”. Si el chico no sabe de dónde salió, ahí está el trabajo. La discusión sobre si
el dato es verdad o mentira ya no hace falta: la pregunta por la fuente la resuelve sola.
¿Sirve prohibirle la IA para tareas?
No, y además hoy es imposible. Lo que sirve es cambiar la exigencia: pedirle la fuente de cada
afirmación, no el resultado. Un chico que usa la IA para pensar y verifica lo que le da, está
entrenando justo lo que necesita. Uno que la usa para no pensar, está entrenando lo contrario.
¿Y si el que no verifica soy yo?
Es el caso más común. Nadie nos enseñó esto: la generación que hoy es padre creció con la
promesa de que lo que salía publicado era cierto, porque publicar costaba. Eso ya no es así, y
la costumbre vieja —”si está escrito, es verdad”— es hoy la más peligrosa de todas.
¿Esto es lo mismo que el “pensamiento crítico” del colegio?
Es su versión práctica. El pensamiento crítico como materia es abstracto; esto es un gesto
concreto que se repite: salir de la página, buscar qué dicen otros, y recién después decidir. El
estudio de los verificadores muestra justamente eso: no es una capacidad general, es
un hábito chico que se puede aprender.
Fuentes
-
Wineburg, S. y McGrew, S. (2019). Lateral Reading and the Nature of Expertise: Reading
Less and Learning More When Evaluating Digital Information. Teachers College Record,
121(11). 45 participantes: 10 historiadores, 10 verificadores profesionales y 25 estudiantes;
los verificadores leyeron en lateral y evaluaron mejor.
doi.org/10.1177/016146811912101102 -
Sparrow, B., Liu, J. y Wegner, D. M. (2011). Google Effects on Memory: Cognitive
Consequences of Having Information at Our Fingertips. Science, 333(6043), 776-778.
Cuatro estudios: al esperar acceso futuro a la información, baja el recuerdo del dato y sube
el de dónde encontrarlo.
doi.org/10.1126/science.1207745 -
Revisión sobre sesgo de automatización en la colaboración humano-IA (2025). Exploring
automation bias in human–AI collaboration: a review and implications for explainable AI.
AI & Society. Define el sesgo de automatización como la tendencia a confiar de más en las
recomendaciones automáticas.
doi.org/10.1007/s00146-025-02422-7
Este texto es la quinta y última parte de una serie. La primera explica
los mecanismos que hacen que una pantalla
retenga; la segunda, qué hacer con eso en
casa, por edades; la tercera,
el primer cambio que se hace hoy; y
la cuarta, qué le hace la
pantalla a un chico, edad por edad.
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