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Gentileza: no es buena educación, es una práctica

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16 min de lectura · 3.471 palabras

Hay una prueba casera para saber si alguien es gentil, y no la pasa el saludo matutino: es cómo trata a quien no le puede devolver el favor. Al que se equivocó y le tocó aguantar. A la señora que limpia. Al que contesta el teléfono a las ocho de la mañana.

Todo lo demás —el saludo, el «gracias», la sonrisa— es buena educación, y la buena educación se aprende una vez, como una norma. La gentileza es otra cosa: una costumbre que hay que decidir todos los días, y por eso casi nadie la practica a propósito. Decir que es «un rasgo de carácter» es la manera más cómoda de no tener que trabajarla nunca.

Hace poco cayó en mis manos el primer capítulo de L’Arte di Essere Gentili («El arte de ser gentil»), el libro que publicaron en 2022 el psicólogo Lorenzo Canuti y la consejera Anna Maria Palma.[2] Los autores publicaron la vista previa de ese capítulo en la revista de su editorial, así que se puede leer lo que escribieron sin depender de un resumen de segunda mano.[1] El capítulo tiene una tesis sencilla y bastante incómoda: la gentileza no se aprende como una técnica, se construye como una costumbre, y empieza por cómo te tratas a ti.

Esto no es un resumen del libro. Es lo que ese capítulo me dejó pensando, más lo que fui a buscar por mi cuenta: qué de la idea ya está medido, dónde la literatura es más cariñosa que la evidencia, y cómo se practica sin comprar nada ni apuntarse a ningún curso.

La gentileza no es buena educación

Canuti y Palma lo dicen sin rodeos: la buena educación, las reglas de la convivencia y el protocolo son una cosa; la gentileza es otra.[1] Una persona puede saludar con una sonrisa perfecta y tratar a los demás como estorbo. Y también puede pasar lo contrario, alguien sin modales finos que demuestra consideración en los hechos, que es la única parte que se puede verificar.

Hay un detalle de etimología que aclara el asunto: gentil viene del latín gentilis y este de gens, la familia o el linaje. La raíz apunta a reconocer al otro como de los tuyos, no a tratarlo con fórmulas.

De ahí la diferencia práctica: la buena educación se repite, la gentileza hay que decidirla cada vez. Una funciona con público; la otra se mide cuando el público se va.

Crear, construir y generar

El capítulo organiza todo con tres verbos que van en orden. El crear es el trabajo hacia dentro: reconocer y escuchar lo que uno necesita, y aceptar que aunque no hayamos elegido lo que nos está pasando, sí somos autores de cómo lo enfrentamos. El construir es llevar eso a actos concretos, con planeación y con una regla dura que los autores repiten: ninguna meta vale deteriorar la relación con quien la estás construyendo. El generar es lo que pasa cuando lo anterior ya es costumbre y otras personas empiezan a trabajar y a convivir de otra manera a tu alrededor.

Crear, construir y generar Primera fase, crear: empezar por uno mismo, el cuerpo, la mente y las emociones. Segunda fase, construir: llevarlo a actos concretos sin dañar la relación. Tercera fase, generar: que otras personas puedan hacer lo mismo a su alrededor. Tres verbos, en ese orden Lo que el capítulo llama crear, construir y generar 1. CREAR Empezar por uno mismo. El cuerpo, la mente y las emociones. Se hace sin público. 2. CONSTRUIR Llevarlo a actos concretos, sin dañar la relación. Ninguna meta lo vale. 3. GENERAR Que otros puedan hacer lo mismo a su alrededor. Ya no depende de ti.

Fig. 1 — Las tres fases que propone el libro, con lo que exige cada una.

Conviene decir lo que los tres verbos no quieren decir, porque es la objeción más frecuente: gentileza no es aguantar. En el propio capítulo hay una frase que lo cierra: reconocer una emoción no obliga a tolerar cualquier comportamiento. Se puede estar en desacuerdo y aun así escuchar; se puede poner un límite y aun así tratar a la otra persona con dignidad. La gentileza regula la forma, no la firmeza del fondo.

Fase Qué es Cómo se ve en una semana normal
Crear Trabajo hacia dentro: reconocer necesidades, pensamientos y emociones propias. Notar el cansancio antes de contestar, en lugar de notarlo después de haber contestado mal.
Construir Convertirlo en actos concretos y planeados, cuidando la relación. Acordar formas de comunicarse en el trabajo que eviten humillar a alguien delante de otros.
Generar Que las acciones produzcan relaciones donde otros también puedan ser gentiles. Que alguien nuevo en el equipo se sienta tratado como persona desde el primer día.

Lo que ya se puede medir

Aquí es donde la idea deja de ser una linda intención y se vuelve un tema con literatura. No hay ensayos clínicos de «ser gentil» como estilo de vida, pero sí experimentos y metaanálisis sobre piezas concretas: actos de amabilidad, compasión hacia uno mismo, programas de meditación y el efecto contrario, la rudeza.

El trabajo más directo es el de Oliver Curry y su equipo: reunieron 24 artículos con 27 estudios y 4.045 participantes, todos experimentos en los que a un grupo se le pedía hacer actos de amabilidad y a otro no. El efecto sobre el bienestar de quien los practica es pequeño a mediano (δ = 0,28), estable en distintas edades y culturas, y sin señales de sesgo de publicación.[3] Traducido: no te va a cambiar la vida en una semana, pero el efecto existe y es del mismo tamaño que el de otras intervenciones de bienestar que sí se recomiendan.

Un detalle importante: en esas mediciones, la amabilidad hacia otros funciona mejor que la amabilidad hacia uno mismo. En un experimento de seis semanas con 473 personas, quienes hicieron actos de amabilidad para otros —o para el mundo— mejoraron más su bienestar que quienes los hicieron para sí mismos; de hecho, el grupo autoenfocado no mejoró respecto del control.[4] El mismo patrón apareció con dinero: a quienes se les asignó al azar gastar en otra persona quedaron más contentos que quienes lo gastaron en sí.[11]

Estudio y tamaño Qué midió Resultado
Curry et al., 2018[3]
27 estudios · 4.045 personas
Efecto de practicar actos de amabilidad sobre el bienestar de quien los practica. Efecto pequeño a mediano (δ = 0,28), consistente; sin señales de sesgo de publicación.
Nelson et al., 2016[4]
473 personas · 6 semanas
Amabilidad hacia otros frente a amabilidad hacia uno mismo. Mejoró el florecimiento psicológico en los grupos prosociales; el grupo autoenfocado no mejoró.
Layous et al., 2012[5]
19 aulas · niños de 9 a 11 años
Tres actos de amabilidad por semana, durante cuatro semanas. Mayor aceptación por parte de los compañeros en el grupo que hizo los actos.
MacBeth y Gumley, 2012[6]
14 estudios · 20 muestras
Relación entre compasión hacia uno mismo y síntomas psicológicos. Asociación fuerte (r = −0,54): a más autocompasión, menos síntomas.
Goyal et al., 2014[7]
47 ensayos · 3.515 personas
Programas de meditación, la «atención» que el libro pone en el centro. Evidencia moderada de mejora en ansiedad, depresión y dolor (efectos de 0,22 a 0,38); baja o insuficiente en ánimo positivo y atención sostenida.

El hueco entre lo que pasa y lo que haces

Si tuviera que quedarme con una sola idea del capítulo, sería esta, y los autores la escriben con un juego de palabras en inglés: response ability, la habilidad de responder. La propuesta es dejar de ser alguien que reacciona y volverse alguien que responde. En medio de las dos cosas hay un hueco de segundos.

La secuencia reactiva es conocida: pasa algo desagradable, siento una emoción intensa, actúo de inmediato. La secuencia deliberada mete un paso en medio: pasa algo desagradable, reconozco lo que siento, evalúo la situación y elijo. No es lo mismo que darle la razón al otro ni que tragarse el enojo. Es revisar antes de decidir.

El hueco donde se decide Arriba, la secuencia sin pausa: pasa algo, siento la emoción, respondo en el acto. Abajo, la secuencia con pausa: pasa algo, siento la emoción, hago una pausa y elijo la respuesta. El hueco donde se decide Solo cambia un paso: la pausa entre la emoción y el acto SIN PAUSA Pasa algo Siento la emoción Respondo en el acto CON PAUSA Pasa algo Siento la emoción Hago una pausa Elijo

Fig. 2 — La única diferencia entre reaccionar y responder es un paso: la pausa.

Los autores llaman atención a lo que sostiene esa pausa, y aclaran que no hablan de concentrarse ni de dejar el teléfono, sino del sentido literal del verbo: ad-tendere, tender hacia algo. Atención al propio cuerpo y a la respiración, atención a lo que uno piensa, atención a la persona que tiene enfrente y al lugar donde vive.

«El regalo más precioso que podemos hacerle a alguien es nuestra atención.»

Thich Nhat Hanh, citado por los autores al abrir la sección sobre atención y response ability.[1]

El capítulo pide empezar por tres dimensiones que conviven en cada persona —el cuerpo, la mente y las emociones— y advierte que la atención no sirve de mucho si se queda en una sola. Notar el cuerpo cuando duele es fácil; lo difícil es oírlo antes. Revisar un pensamiento molesta más que repetirlo.

Las tres dimensiones Tres columnas. Cuerpo: lo notamos cuando duele, la idea es notarlo antes. Mente: el pensamiento se puede revisar y gobernar. Emociones: avisan, no hay que apagarlas sino conocerlas. Las tres dimensiones Escuchar antes de que duela, sin dejar ninguna fuera CUERPO Avisa cuando duele. La idea es oírlo antes: el sueño, el descanso. MENTE Los pensamientos se pueden revisar: cuáles ayudan y cuáles no. EMOCIONES Avisan, no estorban. No se apagan: se conocen para decidir.

Fig. 3 — Las tres dimensiones del capítulo, y qué pide cada una.
Situación Reacción automática Respuesta deliberada
Un compañero te habla brusco delante de otros. Devolverle el mismo tono y convertir el desacuerdo en pleito. Mantener la calma, decir que no te gustó cómo te habló y proponer discutir el problema con respeto.
Alguien te critica. Contestar con otra crítica, más rápido de lo que pensaste. Preguntarte si hay algo útil en lo que dice y cómo conviene contestar.
Llegas agotado y te irrita cualquier pregunta. Contestar cortante y dejar el pleito servido. Reconocer que necesitas descansar antes de empezar una conversación difícil.

Donde más se nota: el trabajo

Cuando esta discusión se baja al trabajo, deja de ser filosofía. Hay un experimento que vale la pena conocer porque mide lo mismo que el capítulo describe, pero al revés. Un grupo de investigadores reunió 24 equipos de terapia intensiva neonatal en una simulación: un bebé prematuro que empeoraba. A la mitad de los equipos se les dijo que un «experto extranjero» iba a observar la sesión, y ese experto soltó comentarios apenas rudos, sin relación con su desempeño. La otra mitad recibió comentarios neutrales.

Los equipos que escucharon la rudeza tuvieron peor puntaje diagnóstico (2,6 frente a 3,2) y peor puntaje de procedimiento (2,8 frente a 3,3), con diferencias estadísticamente significativas. La rudeza sola explicó cerca del 12 % de la variación en el desempeño, y el efecto pasaba por dos cosas: los equipos compartieron menos información y pidieron menos ayuda.[8]

La rudeza y el desempeño del equipo 24 equipos de terapia intensiva neonatal en una simulación. Escala de 0 a 4. Desempeño diagnóstico: 3,2 sin rudeza y 2,6 con rudeza. Desempeño de procedimiento: 3,3 sin rudeza y 2,8 con rudeza. La rudeza también se mide 24 equipos de terapia neonatal · puntaje de 0 a 4 Sin rudeza Con rudeza 0 2 4 3,2 2,6 Desempeño diagnóstico 3,3 2,8 Desempeño en procedimiento

Fig. 4 — Un comentario rudo, sin relación con la tarea, alcanzó para bajar el desempeño de todo el equipo. Datos: Riskin et al., 2015.

La otra cara de la moneda también está documentada. En un estudio con registro diario, el comportamiento prosocial moderó el efecto del estrés cotidiano: en los días en que alguien hacía algo por otros, el mal rato le movía menos el ánimo positivo, el negativo y su salud mental en general.[9] No es que la gentileza borre el estrés; es que cambia cuánto te cuesta.

Por eso me parece que el lugar donde esto se juega de verdad no es la casa, donde ya se espera de nosotros, sino el trabajo, donde la prisa nos da permiso de tratar a la gente como trámite. Un equipo donde nadie se saluda no está solamente menos cómodo: está menos informado. Y eso, en un hospital, se paga en desenlaces.

Cómo se practica en 24 horas

El capítulo termina con un ejercicio de un día, y es lo mejor del texto porque no exige nada material. Lo reproduzco con mis palabras, porque el original está en italiano:

  1. Observa una situación en la que normalmente te impacientas. No intentes cambiar la emoción de inmediato; solo reconócela y ponle nombre. «Esto es prisa», «esto es coraje».
  2. Antes de contestar, hazte una pregunta. La del capítulo es buena: ¿qué respuesta resolvería mejor esto sin causar un daño innecesario? No la que te deja mejor parado, la que resuelve.
  3. Al final del día, revisa sin juzgarte. Una interacción que salió bien y una que te hubiera gustado manejar distinto. El punto no es la culpa, es ver el patrón: casi siempre la misma situación, a la misma hora, con las mismas dos personas.

Y una advertencia que vale más que el ejercicio: no hay que esperar a estar tranquilo, contento ni de buenas para tratarse bien. Se puede estar enojado y elegir no humillar; se puede estar en desacuerdo y aun así escuchar; se puede poner un límite y hacerlo con dignidad. Eso es todo el método, y es lo que lo vuelve posible un lunes a las ocho de la mañana.

Dónde la evidencia no alcanza

Sería fácil terminar aquí con una moraleja, pero sería deshonesto con el libro y con los datos. Cuatro cosas que conviene tener claras antes de creerle demasiado a todo lo anterior:

  • Los efectos son pequeños. El metaanálisis más citado da δ = 0,28, y en estudios de este tipo el tamaño importa: la gentileza no reemplaza un tratamiento, ni una política laboral decente, ni dormir. Es una práctica que suma, no la pieza que falta.
  • La compasión hacia uno mismo se mide por cuestionario. El r = −0,54 es una asociación fuerte, pero asociación al fin: la mayoría de esos estudios son transversales y no permiten decir que la autocompasión produzca menos síntomas. Puede ser al revés, o las dos cosas a la vez.
  • La parte «espiritual» del libro no es evidencia. Los autores hablan de un sentido de lo divino dentro de nosotros, de generosidad con la existencia y de la conexión de todo con todo. Eso es una postura, respetable y hasta hermosa, pero no es un hallazgo: en la misma página conviven afirmaciones de dos tipos distintos y conviene no mezclarlas.
  • La etimología que usan es más linda que exacta. Es cierto que gentilis remite a la gens, la familia; pero también es cierto que de ahí salió el sentido de «noble» e incluso el de «pagano», casi lo contrario de la fraternidad universal.[10] La idea de que la palabra apunta a «pertenecer al género humano» es una lectura de los autores, no un dato del latín.

Y sobre la meditación, que es la práctica que el libro pone en el centro de la atención: la revisión más seria encontró evidencia moderada de mejora en ansiedad, depresión y dolor, y evidencia baja o insuficiente en ánimo positivo y atención sostenida, que es justo lo que uno esperaría que mejorara.[7] Quien venda meditación como solución integral está vendiendo más de lo que hay.

Preguntas frecuentes

¿En qué se diferencia la gentileza de la amabilidad o la cortesía?

En la práctica, la cortesía es la forma y la gentileza es la intención sostenida detrás de la forma. Se puede ser cortés para conseguir algo y gentil sin obtener nada. Los autores insisten en que la diferencia se nota en dos momentos: cuando la otra persona no puede devolver el gesto y cuando hacerlo te cuesta algo.

¿Ser gentil no me vuelve más fácil de manipular?

No, si no se confunde con no poner límites. El propio capítulo lo aclara: reconocer una emoción no obliga a tolerar cualquier comportamiento. Poner un límite con claridad y sin humillar es gentileza, no debilidad; lo que sí ablanda es ceder por miedo al conflicto, y eso es otra cosa.

¿Se puede entrenar siendo adulto, si ya tengo costumbres hechas?

Eso es exactamente lo que midieron los experimentos de amabilidad: adultos que cambiaron una conducta concreta durante unas semanas y reportaron mejor bienestar. No se trata de reformar tu carácter, sino de escoger un gesto y repetirlo hasta que deje de necesitar decisión.

¿Sirve de algo en un trabajo donde el ambiente ya está envenenado?

Cambia menos de lo que uno querría y más de lo que uno cree. El estudio de las terapias neonatales muestra que el ambiente afecta el desempeño de todos, incluso sin proponérselo, así que no es un detalle privado de cada quien: es una condición de trabajo. La gentileza individual ayuda, pero no reemplaza a un equipo que decida no permitir la falta de respeto.

¿Cuánto tiempo toma notar un cambio?

En los estudios, de dos a seis semanas de práctica constante antes de medir algo. En el día a día suele notarse antes en los demás que en uno: la gente empieza a platicarte cosas que antes no te contaba, y eso es la señal de que la práctica va en serio.

Fuentes

  1. Canuti, L. y Palma, A. M. «Creare, costruire e generare gentilezza nel quotidiano». Vista previa del primer capítulo de L’Arte di Essere Gentili, publicada por los autores en la revista de Il Giardino dei Libri, 4 de agosto de 2022. Es la fuente de las citas textuales y de las tres fases (crear, construir, generar). ilgiardinodeilibri.it/speciali/creare-costruire-generare-gentilezza.php
  2. Ficha editorial de L’Arte di Essere Gentili. Buone pratiche quotidiane: Terra Nuova Edizioni, 2022, 268 páginas, 15 × 21 cm, EAN 9788866817147. Incluye el índice completo del libro, con los capítulos sobre escucha, lenguaje, percepción, pensamiento y las voces de profesionales de la salud y la educación. ilgiardinodeilibri.it/libri/__arte-essere-gentili-lorenzo-canuti-libro.php
  3. Curry, O. S., Rowland, L. A., Van Lissa, C. J., Zlotowitz, S., McAlaney, J. y Whitehouse, H. (2018). Happy to help? A systematic review and meta-analysis of the effects of performing acts of kindness on the well-being of the actor. Journal of Experimental Social Psychology, 78, 320-329. δ = 0,28; 24 artículos, 27 estudios, N = 4.045. doi.org/10.1016/j.jesp.2018.02.014
  4. Nelson, S. K., Layous, K., Cole, S. W. y Lyubomirsky, S. (2016). Do unto others or treat yourself? The effects of prosocial and self-focused behavior on psychological flourishing. Emotion, 16(6), 850-861. N = 473; seis semanas. doi.org/10.1037/emo0000178
  5. Layous, K., Nelson, S. K., Oberle, E., Schonert-Reichl, K. A. y Lyubomirsky, S. (2012). Kindness counts: prompting prosocial behavior in preadolescents boosts peer acceptance and well-being. PLoS ONE, 7(12), e51380. 19 aulas de Vancouver, niños de 9 a 11 años. doi.org/10.1371/journal.pone.0051380
  6. MacBeth, A. y Gumley, A. (2012). Exploring compassion: a meta-analysis of the association between self-compassion and psychopathology. Clinical Psychology Review, 32(6), 545-552. r = −0,54 (IC 95 %: −0,57 a −0,51); 14 estudios, 20 muestras. doi.org/10.1016/j.cpr.2012.06.003
  7. Goyal, M., Singh, S., Sibinga, E. M., et al. (2014). Meditation programs for psychological stress and well-being: a systematic review and meta-analysis. JAMA Internal Medicine, 174(3), 357-368. 47 ensayos, 3.515 participantes; ansiedad 0,38 a las 8 semanas y 0,22 a los 3-6 meses; depresión 0,30 y 0,23; dolor 0,33. doi.org/10.1001/jamainternmed.2013.13018
  8. Riskin, A., Erez, A., Foulk, T. A., et al. (2015). The impact of rudeness on medical team performance: a randomized trial. Pediatrics, 136(3), 487-495. 24 equipos de UCIN; diagnóstico 2,6 frente a 3,2 (p = 0,005) y procedimiento 2,8 frente a 3,3 (p = 0,008); la rudeza explicó cerca del 12 % de la varianza. doi.org/10.1542/peds.2015-1385
  9. Raposa, E. B., Laws, H. B. y Ansell, E. B. (2016). Prosocial behavior mitigates the negative effects of stress in everyday life. Clinical Psychological Science, 4(4), 691-698. Registro diario; el comportamiento prosocial moderó el efecto del estrés sobre afecto positivo, negativo y salud mental. doi.org/10.1177/2167702615611073
  10. Wikcionario en español, entradas «gentil» y «gentileza». Etimología: del latín gentilis, y este de gens; el sentido de «propio de un buen linaje» es exclusivo de las lenguas romances y de ahí derivan tanto «noble» como el uso religioso «pagano». es.wiktionary.org/wiki/gentil
  11. Dunn, E. W., Aknin, L. B. y Norton, M. I. (2008). Spending money on others promotes happiness. Science, 319(5870), 1687-1688. Encuesta representativa, estudio de campo y experimento aleatorio con asignación del gasto. doi.org/10.1126/science.1150952

Este texto no pertenece a la serie sobre pantallas y crianza. Si llegaste buscando eso, la serie está en los mecanismos que retienen la atención, qué hacer en casa por edades y los efectos reales, por edades.

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